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El poder transformador del dolor en tu vida

No debemos ignorar nuestra sombra, lo que nos duele y que nos causa pesar en la vida, porque eso crece y concuerdo con muchos que incluso se transforma en enfermedad física.

Yo fui criada en una cultura familiar y en una cultura nacional donde hablar significaba ser castigad@. Decir lo que pensabas en el Chile de los años 70 y 80 era peligroso. Tanto así que te podían matar y hacer desaparecer.

Y como un fractal, en escala pequeña, decir lo que pensabas dentro de mi familia era peligroso, porque de alguna forma muy retorcida era una ofensa a la autoridad, una insolencia. Podía incluso ser excluyente.

Es decir, opinar por ejemplo que la comida «estaba muy salada» era una molestia e implicaba una censura. Estar en desacuerdo con mi papá o mis abuelos era una insolencia fenomenal, el tratamiento del silencio era lo que regía en nuestra casa ante cada equivocación, y sobre todo la censura: No te atrevas a abrir tu boca para contraargumentar o decir lo que piensas.

No había permiso para eso.

De hecho, mi padre terminó por echarme de la casa un buen día cuando no quise sentarme con él y su mal genio a tomar desayuno, porque yo estaba lavando platos y ordenando un poco el desorden que había. La conversación escaló tipo: «No voy a ir ahora, estoy ordenado un poco, está muy desordenado». Acto seguido gritos, ir a buscarme a la cocina, gritarme más, yo responder, y luego echar a hija de la casa. Quedó como se dice en buen chileno, la zorra. Pardon my french Gai@.

A los 19 años, desterrada de la casa por decir que «no, voy a hacer otra cosa». Pero esto no fue un evento aislado. La violencia verbal, los gritos, las descalificaciones, el ambiente tenso era algo de cada día, que yo recuerdo muy bien a partir de 1987.

Bueno, con una historia así, el mundo interior de una persona puede entender que:

  1. Eres poco valios@
  2. Las figuras de autoridad pueden hacer lo que quieran contigo
  3. Mejor pasar piola, ser poco vista y no decir lo que piensas porque eso es ofensivo y te pone en riesgo fenomenal
  4. No poner límites para que te quieran, acepten, traten bien
  5. La vida duele
  6. La calidad del amor recibido es charcha, pobre, y contradictorio, por lo que la confusión es tremenda
  7. Las relaciones interpersonales son difíciles y las románticas, peor
  8. Y además, genera trauma complejo, algo de lo que se habla demasiado poco a mí parecer

¡Sin embargo! Todo evento trae un regalo. Y no, no lo digo como premio de consuelo. Lo digo porque parte de mi mente que habita en el pasado, esa parte infantil, herida y que aún duele porque no existe el viejo pascuero se dio cuenta de que la vida es difícil y quién te diga que es fácil, o tiene una receta muy bien guardada o te está vendiendo la pomada, mega mega pomada.

Y saber esto es un regalo. Ya te explico porqué.

En primer lugar: Si el mundo no tuviera polaridades, si todos estuviéramos de acuerdo, si no existieran religiones hueonas que lavan el cerebro y si los seres humanos no tuviéramos traumas, experiencias dolorosas etc, probablemente la vida sería fácil, muy fácil.

Pero no es así. Todos venimos de una historia, un entramado generacional, vivencias felices y otras que no.

En la vida, todo supone un desafío, y hay cosas que cuestan más y otras menos, dependiendo de quién eres y cómo te enfrentas a las situaciones. Desde aprender a caminar; a comer comida sólida (yo tomé un curso de primeros auxilios para introducir los sólidos en la dieta de mi hija, y no es de exagerada, es porque hicimos BLW); separarte de tu mamá para iniciar tu vida escolar; aprender a leer, escribir, matemáticas, recordar fechas absurdas para las pruebas; tu primer beso; tu primera pareja; ir a la universidad; casarte; estar en un trabajo de 9 a 18 etc etc etc…

TODO ES UN DESAFÍO, todo tiene una curva de aprendizaje y todo supone un grado de dificultad aunque sea inicial y también de una renuncia, porque el mundo es dual y polar.

Entender esto, es clave a mi parecer para salir de la cabeza y la fantasía y aterrizar a lo práctico. El gran regalo del trauma o cualquier experiencia dolorosa, me parece que es atravesar el proceso de sanación y convertir tu experiencia en fortaleza y luz.

Podemos quedarnos pegados pensando en «porqué esto me pasó a mí?» o aceptar el presente y la historia para ir a paso firme al encuentro contigo, integrar el dolor que has vivido y transformarte en quién viniste a SER.

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